Mi esposo cumplió setenta años y después de una exitosa carrera, decidió volver a la escuela. En el Reino Unido a los jóvencitos inteligentes los encaminan hacia las materias literarias. Ingeniería, ciencias o cualquier otra disciplina que tenga que ver con hacer cosas es considerado de segunda categoría.  Al principio me sorprendía cuando algunos de jóvenes que conocía escogían Teología o Inglés o Geografía como carreras universitarias. Mi hija, cuyos hermanos en Venezuela estudiaron ambos ingeniería, escogió  Ciencias Sociales y Política, un curso que le permitió luego conseguir un trabajo  bien pagado en una de los bancos más prestigiosos del mundo. Es decir que aquí en UK, no importa qué estudias sino dónde lo estudias. Las empresas se encargan después de explicarte lo que la cátedra de San Agustín, por ejemplo, no te explicó.  Esa es otra razón por la que los estudios universitarios son de tres años. En Venezuela yo estudié cuatro años de materias en biología y mi tesis duró dos más (este extremo tampoco es saludable), pero tres años en UK para un título universitario son muy pocos y solo se entiende si la universidad es considerada una ruta para aprender a pensar y pasarla bien y luego tu empleador ,o la vida, se ocupan de tu verdadera educación.

Estas incongruencias a las que se enfrenta el extranjero que decide vivir en esta isla fueron resueltas el día que un exitoso inversionista escribió un libro: “Una cobra en el baño” sobre su vida y sus viajes. Allí explicó que a él, como a todos los jóvenes británicos de cierta categoría, los encamibaban a preparase para administrar el imperio, no importaba que ese imperio hubiese desaparecido. Cualquier estudio que les enseñara a hablar con priopriedad y tener conocimientos generales, estaba bien visto. No hacía falta saber hacer cosas. Él se graduó en Estudios Orientales y, por lo que él mismo dijo en el libro, eso le sirvió para viajar en motocicleta por la India donde se consiguió precisamente una cobra en la bañera.

De esta perspectiva limitada fue víctima mi brillante marido. A él los profesores de la escuela le aconsejaron que estudiara Griego y Latín en vez de Física, Química y Biología, por lo que el día que yo le dije que era un mamífero lo tomó como un insulto. Tuve que recurrir a la inefable Wikipedia para que entendiera que la clasificación taxonómica no era una ofensa sino una verdad absoluta, de las pocas que hay en esta vida. Fue entonces que él tomó la firme decisión de llenar ese vacío que con toda la buena intención sus padres y profesores crearon en él y ahora, a los setenta años, contrató a un profesor y volvió a la escuela. El año que viene tomará sus primeros exámenes y luego, quién sabe, el cielo es el límite.