No sé si estaba escrito en mis estrellas al nacer, pero lo cierto es que me ha tocado viajar mucho. Hoy en día pienso que demasiado. Claro está, uno aprende y disfruta mucho viajando, pero a veces lo más esencial de un viaje se pierde entre museos fascinantes, sitios de interés, edificios imponentes, arqueología imperdible y, sobre todo, restaurantes especializados en el engorde de turistas.

Para mí lo más interesante de un viaje es descubrir el alma de un lugar. Hoy, por ejemplo, me encuentro en Austria, en el lago Worthersee. Es un lugar mágico donde nada más respirar uno se siente más limpio. Conocí a una señora autríaca encantadora que, mientras estábamos charlando de los pecados que se cometen al comer, me dijo que ella una vez escuchó de un maestro chocolatero que la mejor manera de disfrutar el chocolate era poner un pedacito en la lengua, empujarlo hacia el paladar y estrujar hasta que el chocolate se derrita. “Es como el sexo oral” dijo ella. Yo espero no haber delatado mi sorpresa ante su comentario. Pareciera que no, porque seguimos charlando como si nada -bueno, ella siguió charlando como si nada. Yo no podía quitar la imagen de mi mente de esta austríaca, desconocida hasta ese momento,  y su manera de comer el chocolate. Lo que quiero decir es que yo tenía un estereotipo de los austríacos que esta deshinibida sicóloga desmoronó en pocos minutos.

Estas son las experiencias que me llevo de los viajes, ventanas a un mundo que jamás lograré conocer del todo pero que no por eso es menos fascinante. Tan solo las impresiones de una venezolana errante que viaja en español.