Si hay algo que me cuesta aceptar de mi magnífico esposo es su manía de cazar pajaritos. He probado de todo: protesta silente, cuarentenas, amenazas abiertas, descrédito con sus hijos tan amantes de los animales como yo. Nada funciona: él sigue cazando. Así que me resigné y lo acompañé a España con otros amigos cazadores. En el Reino Unido  hay gente que se puede dar el lujo de invitar a cincuenta personas a una mansión en Castilla de la Mancha durante un fin de semana.

Como siempre, la gente muy amable, los hombres felices, las mujeres contentas de tener una distracción de sus maridos u otros problemas. Allí entablé conversación con a una persona encantadora que me preguntó: ¿Conoces a x?. Mi corazón dejó de latir por un segundo. “Claro que lo conozco”, pensé, “es uno de los tantos ladrones que saquearon a mi país y se reinventó en Londres”. No podía decirle lo que estaba pensando, -eso por fin lo aprendí- y me limité a contestar de forma que espero haya dejado suficiente márgen de duda: Todos los venezolanos conocemos x . No insistimos sobre el tema, tal vez, así lo espero, ella sí entendió lo que quise decir. La próxima vez, le demostraré mi amor a mi esposo de otra manera.             pai