Si hay algo que me cuesta aceptar de mi magnífico-en-todo-lo-demás esposo, Míster X, es su manía de cazar pajaritos. He probado de todo: protesta silente, amenazas abiertas, descrédito con sus hijos tan amantes de los animales como yo. Nada funciona: él sigue cazando. Así que me resigné y lo acompañé a España con otros amigos cazadores. En el Reino Unido  hay gente que se puede dar el lujo de invitar a 50 personas a una mansión en Castilla de la Mancha durante un fin de semana. Y luego dicen que en Venezuela hay desigualdad. En fin, sin querer ser ingrata hacia los anfitriones, a mí que escucho todos los días cómo la gente se muere de hambre en mi país, me cuesta aceptarlo. Míster X lo sabe y por eso apreció aún más mi gesto.

Como siempre, la gente muy amable, los hombres felices de estar entre sus pares, las mujeres contentas de tener una distracción de ¿sus maridos? u otros problemas. Allí entablé conversación con a una persona encantadora que me preguntó: “Conoces a xxxxx”. Mi corazón dejó de latir por un par de segundos. Claro que lo conozco, pensé, es uno de los tantos ladrones que saquearon a mi país y se reinventó en Londres. No podía decirle lo que estaba pensando, no la conocía lo suficiente y no quería disminuir su entusiasmo -eso sí aprendí de los ingleses- y me limité a contestar de forma que espero haya dejado suficiente márgen de duda: “Todos los venezolanos conocemos xxxxx . No insistimos sobre el tema, tal vez ella sí entendió lo que quise decir, pero eso me ratificó que, la próxima vez, le demostraré mi amor a Míster X de otra manera.  pai