Ser amables es, en general, una característica de los británicos. La cortesía manejando para mí, que nací en Nápoles y viví casi toda mi vida en Venezuela, es casi una experiencia religiosa. A veces puede ser irritantes por lo exagerados, pero al final uno termina acostumbrándose y extranándolas cuando se encuentra en otros paises.

Una de las características de la “politness” británica es que todo ritual tiene al menos dos niveles de interacción. Por ejemplo, si alguien le pregunta a uno: “¿Desea una taza de té?”, la norma exige que uno diga “Sí, por favor” y luego, una vez recibida la taza de té , uno diga “Gracias”. No es suficiente con decir “Sí, gracias”, en el ritual que aceita las relaciones entre los británicos, una vez no basta. Otro ejemplo es cuando a uno invita  a alguien a almorzar. Es norma en muchos países que se lleve un detalle al anfitrión y que al final del festín, se agradezca por lo maravilloso de la comida aunque hayan sido papas con arroz. Pero en el Reino Unido, hace falta un paso adicional: el agradecimiento del día después. Me ha cansado de recibir cartas, muchas veces con letras incomprensibles, con la descripción detallada de cada plato, agradeciéndome lo que ya me habían agradecido, profusamente en muchos casos. ¿Para qué gastar en papel, correo, combustible para algo que ya se consumó?

Una de las personas más amables que conocí en el Reino Unido fue un odontólogo, el doctor Butcher, cuyo apellido traducido al español es el doctor carnicero. El día que a la muela de siempre se le ocurrió volver a fastidiar, era un feriado y solo había un consultorio odontológico abierto y solo un odontólogo disponible: el doctor carnicero. Me encomendé a varios santos (si existiera  para los dientes, por favor informen, me ha descuidado toda mi vida), y fui a verlo. El tal doctor Butcher resultó ser un encanto. Sonreía todo el tiempo, si veía el más ligero movimiento de mi rostro, se detenía, pedía disculpas y me preguntaba si estaba sufriendo  con verdadero interés. Al final, me llevó hasta la puerta del consultorio y me llamó todos los días de la semana siguiente para ver cómo estaba. Faltaron la carta de agradecimiento por escogerlo (seria el colmo)  y la factura ¡que nunca  cobró!

Yo no sé si este doctor Butcher fue tan amable porque esa es su forma de pedirle disculpas a la humanidad por un apellido tan infame y poco cónsono con su profesión, o si porque su politness es un extremo de la forma de ser británico. Lo cierto es que para mi buena fortuna, el doctor carnicero resultó ser la quintaesencia de la “Politeness” británica y resolvió mi problema, cosa que se agradece con un dolor de muelas lancinante.