Es costumbre cuando uno viaja comprar souvenirs para recordar los lugares que se visitaron y para regalar a los amigos como evidencia de que uno sí viajó y no se quedó encerrado en la casa para evitarlos. Yo, como todos, compro souvenirs, pero también los traigo. Es decir, cada vez que salgo de viaje pongo en mi maleta una o dos prendas que quiero dejar atrás. Son cosas de las que voy a prescindir de todas maneras y podría o botarlas en la basura o regalarlas, pero están muy viejas y tienen un valor sentimental por lo que no me animo a prescindir de ellas como algo que no tuvo significado en mi vida.  Y es que con el pasar del tiempo, me quiero quedar con menos cosas cada vez. Quiero viajar ligera estos años que me quedan en la tierra, pero quiero darle un significado a este empobrecimiento de mí misma y ofrecerle un homenaje, una segunda vida a aquellas cosas que me han acompañado por mucho tiempo y que están impregnadas de mi energía. Es una forma de dejar algo de mí en el lugar que me acogió durante un tiempo, que me enseñó cosas nuevas y que enriqueció mi vida.

En este viaje a Japón me traje dos souvenirs: una franela blanca que de tanto lavarla con ropa de color tiene un sospechoso tono grisáceo y unas sandalias que usé hasta el cansancio. La primera la compré en Venezuela y me recuerda todas las playas a las que fui con ella, el sol que me quemó la espalda y los brazos. Esa la dejé en Tokio. Las sandalias las estoy usando en Kanazawa, una ciudad en la costa oeste de Japón. Mientras camino con ellas por el distrito de las Geishas y de los Samurais me voy despidiendo. Estas callecitas son un buen lugar para que se queden, para que descansen en la gentileza de los rituales llenos de significado, donde hasta recoger la basura se hace con dignidad.