Una de las cosas más desconcertantes de ser inmigrante es no entender el lenguaje no verbal, las reglas de convivencia que se han escrito durante milenios de historia. Por ejemplo, ayer estaba en mi maravilloso hospital público donde está mi maravillosa doctora que me receta mis maravillosas medicinas gratis. En la salita de espera que parece salida de revista de decoración hay una área cercada con juguetes, donde las mamás ponen a sus hijitos para que se entretengan mientras esperan, inocentes de lo que les pueda ocurrir en pocos minutos.

La salita estaba llena y yo, que estaba sentada al lado del corral de juguetes, me levanté para darle el puesto a la mamá. En Venezuela hubiese hablado con ella, le hubiese preguntado qué edad tenía el bebé, cómo se llamaba, etc. Aquí ni siquiera me atreví a hacer contacto visual con ella, simplemente me levanté y me senté en otra parte. A mi lado estaba un señor que me miró con ojos de: ¿desprecio? (“no soporta a los bebés“), ¿aprobación? (“qué amable esta señora con cara de extranjera“), ¿verguenza? (“yo me hubiera tenido que levantar“).

Yo me sumergí en mi Kindle donde estaba leyendo Americanah, la fabulosa novela de Chimamanda Ngozi Adichie, justamente sobre lo que significa ser inmigrantes (y muchas cosas más que serán tema de otro post) meditando sobre las tres posibles alternativas y sin atreverme a levantar la cabeza en caso de que el peor escenario fuera cierto y ya me hubiesen clasificado como intransigente. Creo que seguiré tratando de ser amable, aunque las reglas no escritas de este país en donde la vida me arrojó sean tan difíciles de interpretar.