Cannes es una de las mecas del cine y, la verdad sea dicha, es una ciudad glamorosa en muchos sentidos:  gente elegante,  perros también y tiendas con artículos impagables.
Lo que menos me esperaba en esta capital de la finura era una escena caraqueña. Me emperifollé para ir a visitar a una amiga en un pueblo cercano luciendo mi mejor pinta ´Costa Azul´, con sombrero y bufanda y zapatos que combinaban con la cartera.  Mientras caminaba por la Rue D´Antibes para ir a la estación de tren, un melenudo con aspecto trasnochado sentado en el piso me gritó algo en francés y luego se me vino encima. Y fue un asalto de verdad porque el joven brincó como un resorte empujándome contra la pared. Él seguía gritando (luego entendí que me estaba preguntando la hora, una de las formas que tienen los asaltantes de arrancar el reloj, supe después) y yo, como buena venezolana entrenada en estas lides, levanté el puño y le dije con tono amenazador: ¨Déjame tranquila”. Él gritaba y yo le gritaba más fuerte. En eso, mi marido, que unos pasos más atrás no se había dado cuenta del pequeño drama que estaba ocurriendo bajo sus narices, se acercó y le dijo: “Déjala tranquila”. El chico se alejó y yo seguí caminando con mi paladín al lado.
-¿Te asustaste?  -preguntó.
-No, por suerte no ocurrió lo peor.
-No te hizo daño.
-No, no me refiero a eso. Es que debajo del sombrero tengo unos bigudines. No me dio tiempo de secarme el pelo esta mañana. ¿Te imaginas andar por Cannes con los rollos en la cabeza?
Así fue como ese día, por poco, estuve a punto de perder el glamor en la mismísima Costa Azul.